En el suplemento “Tendencias” de este periódico de circulación nacional, la directora de MIDAP, Mariane Krause dice que la plata no ha hecho la felicidad de los chilenos, y que si queremos reducir las altas tasas de depresión hay que fortalecer las relaciones sociales.

Según el Minsal, dos de cada diez chilenos presentan síntomas depresivos (17, 2 por ciento), una de las tasas más altas a nivel mundial de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud. A esto se suma que hace poco un informe de la Superintendencia de Salud dijo que la depresión, la ansiedad y el estrés son la primera causa de tramitación de licencias médicas, superando a las enfermedades respiratorias que históricamente ocupaban ese sitial.

La sicóloga Mariane Krause lleva diez años estudiando las características de esta enfermedad en los chilenos. Dice que entender la depresión requiere de un enfoque multidisciplinario para saber cómo se relaciona con la genética, la cultura o la sicología, y eso fue en parte lo que le interesó de este problema tan relevante para la salud pública hoy en Chile. Profesora titular de la UC, desde hace dos años dirige el Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad (Midap), un centro científico donde un grupo de sicólogos, siquiatras y profesionales de la salud hacen distintos análisis y desarrollan iniciativas para prevenirla en jardines infantiles, colegios y con mamás, inculcándoles, entre otras cosas, la importancia del apego con los hijos desde edades tempranas como factor protector.

Uno de los descubrimientos sobre la depresión chilena es que esta enfermedad se distribuye desigualmente en los distintos sectores de la población. Por ejemplo, por género: por cada tres mujeres que la padecen, hay sólo un hombre con depresión (aunque la tasa de mortalidad por suicidio es cuatro veces mayor para ellos). Esa distribución en prevalencia también se da en otros países y en Chile se explica por condiciones biológicas y de contexto. “Esto se produce en la edad en que ellas están sometidas a una sobrecarga por el doble rol de la crianza y la vida laboral, entre 25 y 45 años”, dice Krause.

También ocurre si se analizan los distintos niveles socioeconómicos donde se encuentra que en el quintil de menores ingresos hay un 25 por ciento de personas con síntomas depresivos, mientras que en los con más altos recursos la cifra cae al ocho por ciento. Esa, en cambio, es una realidad particular de este país, asegura la sicóloga, porque en naciones con un PBI per cápita más bajo que Chile -como Brasil- la gente tiene menos depresión y en el norte de Europa ocurre justo lo contrario y hay más personas que sufren este problema en los sectores acomodados. “La explicación es que el tipo de desarrollo de la sociedad chilena va afectando la sintomatología depresiva”, explica.

¿Qué significa eso?
Chile se ha desarrollado cambiando desde una sociedad más colectivista, en términos de las relaciones entre las personas y el sentido de comunidad, hacia una más individualista, lo que nos lleva a romper lazos sociales que son los que protegen contra la depresión. Entonces tenemos un chileno más pudiente, si tú quieres, pero infinitamente más solo y con valores donde priman los logros personales por sobre los colectivos.

¿O sea que la plata no hace la felicidad?
La plata no hace la felicidad y menos si crees que la felicidad depende sólo de ti mismo. Hicimos estudios que muestran que el chileno hoy, si lo comparas con el de hace 10 o 20 años atrás, cree que la felicidad, el éxito o el fracaso en la vida son responsabilidad exclusiva de él, y hay una relación super establecida a nivel científico entre los vínculos y el apoyo social de una persona, y la fragilidad de esa persona ante cualquier hecho duro o traumático. Es decir, si tienes un buen colchón de gente que te apoya y te sientes parte de un todo, aunque te pasen cosas terribles, probablemente no te vas a deprimir.

¿Qué ha pasado con ese colchón?
Los estudios muestran que estas redes de apoyo las hemos ido destruyendo, se han ido mermando y nos hemos ido aislando. A pesar de que el Estado lleva ocho o diez años invirtiendo en tratamientos contra la depresión, esta enfermedad no ha disminuido nada. Es muy relevante que el trabajo preventivo apunte a fortalecer los vínculos sociales.

¿Ha sido plata perdida?
No. La política de salud ha frenado el crecimiento de la depresión en el país, lo que pasa es que hay más casos nuevos, porque las terapias son efectivas en un porcentaje cercano al 50 por ciento. La hipótesis es que si no hubiéramos tenido esta política de salud estaríamos en el veintitantos por ciento en vez del 17,2. No es que esté mal lo que estamos haciendo.

¿Cómo afecta en lo cotidiano esa relación entre depresión y desigualdad?
A través de algo que técnicamente llamamos “estresores”, que son las demandas de la vida cotidiana y que están exacerbadas, como los problemas económicos, el transporte o la angustia que genera en el día a día el hecho de no tener un colchón y no saber exactamente cómo vas a resolver tus problemas al día siguiente. Imagínate a unos padres de familia que están criando hijos en una permanente precariedad. Súmale a eso que en los sectores de menos ingresos en Chile a veces se concentran otros problemas, como violencia o delincuencia. Si le agregas que los colegios a los que asisten estos niños tienen más de 40 alumnos por sala y no tienen atención o dedicación personalizada, ese niño en su colegio no está muy protegido. Si además, por la razón que sea, es objeto de bullying, no solamente tienes padres mucho más vulnerables a la depresión y que a su vez les transmiten eso a sus hijos, sino también un niño que por su ambiente social es más vulnerable a la depresión también.

¿Cómo pueden esas personas romper el círculo de la pobreza?
Es importante entender que si bien hay características individuales que pueden influir, el círculo de la pobreza se tiene que romper desde el país, desde el Estado y desde los gobiernos de turno. No puedes cargarles a personas individuales que salgan de la pobreza; necesitas buenas herramientas para eso, desde competencias hasta recursos que tengan sustentabilidad en el tiempo, como capacitación o micropréstamos para que emprendan. En Chile la salida de la pobreza no es un tema sólo de inyectar recursos, sino de entregar herramientas para que las personas puedan trabajar después.

Hay otro cruce interesante: sabemos que han aumentado los hogares monoparentales, especialmente de mujeres, y si ellas tienen más depresión que los hombres, ¿qué pasa con esos niños?
Lamentablemente tienen una mayor fragilidad para que les pasen cosas. No quiero estigmatizar a nadie, pero sí en un hogar monoparental ese padre o esa madre está con mucha más carga y necesita un apoyo de su contexto. Hay países donde los hogares monoparentales reciben mucho más apoyo de sus municipios, por ejemplo, y ahí no existe el problema.

¿Cómo saber si una pena o un dolor es depresión?
Cuando permanece en el tiempo y se asocia a síntomas aparte de la baja de ánimo, como el trastorno del sueño, del apetito, la sensación de que nada vale la pena en la vida y el aislamiento. El problema es que la depresión es un círculo vicioso porque estar vinculado con los demás es un gran factor protector, pero la misma depresión hace que la persona se vaya aislando.

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