Juan Pablo Jiménez, director de MIDAP, nuevo Profesor Emérito de la Universidad de Chile

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Todavía le quedan dos años a cargo del MIDAP el cual vincula, en la actualidad, a seis universidades albergantes. Nació de su interés –y de un pequeño grupo que en el camino llegó a superar el centenar de investigadores- por el aporte que la transdisciplina puede aportar en este ámbito de la salud mental. Y hoy no puede evitar sorprenderse por las más de 500 publicaciones en revistas internacionales que han logrado, calificando este éxito como impensado; “yo nunca pensé que íbamos a ser capaces”.

Este nombramiento como Profesor Emérito lo encuentra, entonces, dedicado por entero a este legado, recorriendo su virtualidad institucional y, pese a ella, sus frutos en cuanto a la formación de masa crítica de nuevos académicos e investigadores en el ámbito de la depresión, y que hoy colonizan universidades y centros de estudios a lo largo del país. La clave, sostiene, es solo una: “pensar en red”.

Historia de una estrategia exitosa

El MIDAP es producto de una colaboración que partió con el “Grupo de Investigación en Psicoterapia y Cambio”, constituido en el año 2002 y liderado por la doctora en Psicología Mariane Krause. Más tarde, con la ampliación de disciplinas involucradas, este grupo postuló al concurso para transformarse en un centro de investigación de excelencia de la Iniciativa Científica Milenio (ICM), entidad dependiente en ese tiempo del Ministerio de Economía, Fomento y Turismo del Gobierno de Chile. Es así como se conformó en el año 2012 el Núcleo Milenio “Intervención Psicológica y Cambio en Depresión”, donde se combinaron enfoques psicológicos, psicosociales y psicofisiológicos con el objetivo de revelar los procesos involucrados en el origen y mantenimiento de esta patología, además de establecer la efectividad de las intervenciones.

Por su éxito, a fines del año 2014 se convirtieron en el “Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad”, uno de los primeros centros científicos latinoamericanos dedicados especialmente al estudio de la depresión, el cual busca lograr una compresión multidimensional de la enfermedad, estudiando sus variables genéticas, sociales, culturales y una perspectiva más compleja sobre la personalidad. Su meta es maximizar la efectividad de las intervenciones psicoterapéuticas, generando conocimiento que pueda nutrir las políticas públicas en salud mental en los ámbitos de prevención, terapia y rehabilitación. Sus instituciones albergantes son las universidades Católica, de Chile, del Desarrollo, de La Frontera, de Valparaíso y Diego Portales.

“Ha sido como una culminación de una inquietud que he tenido siempre de la interdisciplina, de la transdisciplina. Hoy estamos en la fase de ver cómo sistematizar todo el nuevo conocimiento que hemos generado para sentar las bases de propuestas para políticas públicas, en estos dos años que nos quedan. Y de preparar la renovación, con un equipo nuevo de otra generación”, anuncia el doctor Jiménez.

Respecto de este centro, comenta que “creamos una máquina, en el mejor sentido de la palabra. Empezamos a atraer a la gente, a establecer redes, a dar facilidades en el sentido de enseñarles a nuestros investigadores cómo publicar, cómo hacer asociaciones, cómo postular a fondos concursables. Al principio fue un proceso lento, pero ahora nos llegan entre dos y tres papers semanales de nuestros más de 100 investigadores; yo no alcanzo a tener, en la directiva, un panorama completo. Por eso es que estamos buscando métodos de inteligencia artificial incluso, para establecer los temas y áreas en las que tenemos mayor número de publicaciones”.

Tras esos resultados, explica que “desde un inicio adoptamos una estrategia de desarrollo muy diferente a la del Hemisferio norte, que siempre compiten entre ellos; pasa lo mismo, de hecho, en la psicología y la psiquiatría del siglo XX que están totalmente fragmentadas en orientaciones ideológicas que no colaboran entre sí. Aunque luego de toda esta revolución de las neurociencias en la cual empezamos a entender que quizás la parte más importante del cerebro para la salud mental es la corteza prefrontal, el cerebro social, eso ha permitido la integración en un trabajo en red”.

“Nosotros descubrimos que más o menos el 80% de lo que hacen o estudian las distintas orientaciones o corrientes psiquiátricas es común. Por ejemplo, un terapeuta cognitivo conductual y otro sicoanalítico creen que están aplicando estrategias particulares y diferentes, pero se ha visto que lo que mejora en una gran mayoría la adherencia a los resultados, son factores comunes entre todas las corrientes. Y el más importante de esos factores comunes es el tipo de relación o vínculo que se establece con el terapeuta: eso está fundamentado neurocientíficamente. Por eso era importante convocar a gente de todas las orientaciones y trabajar en los campos comunes; eso fue lo que hicimos hasta hoy, y es lo que nos ha permitido establecer una estrategia de desarrollo colaborativo. Ahora puedo decir que la estrategia ha sido muy exitosa”.

“Nuestra biología es mucho más de lo que hemos pensado”

La depresión en Chile antes de la pandemia, dice el doctor Jiménez, ya era un 20% más prevalente que en el resto del mundo: “es decir, si en otros países afecta al 5% de las personas, acá afecta a un 6%. Es un tema relevante. Pero vino la pandemia y se hizo evidente el tema de la crisis que tenemos de la salud mental, pues aumentó otro punto porcentual más aún”.

Su más reciente línea de investigación ahondó, con financiamiento Fondecyt Regular, en la vinculación entre la adversidad de vida temprana y la patología del adulto. “Como médicos comprendemos la teoría de la patogénesis que plantea que todos tenemos alguna vulnerabilidad ya sea constitucional, genética o de otro tipo, y que ante una situación determinada como una infección o una situación traumática de cualquier tipo, gatilla el desarrollo de la enfermedad”.

“Pero nos dimos cuenta”, añade, “y eso causa una impresión muy grande, que en el caso de la salud mental el 70% de una serie de características de lo que llamamos trastorno mental tiene que ver con trauma temprano; entonces, el peso de los determinantes sociales en este ámbito es enorme. Entonces se me dio vuelta el esquema médico, y pensé que debiéramos dedicarnos a la prevención antes que a la fase curativa”.

Y ahonda: “esto quiere decir que la adversidad de vida temprano está detrás de la etiopatogenia de una gran mayoría de los trastornos comunes en psiquiatría, aquellos por los cuales la gente consulta habitualmente, como depresión, angustia, ansiedad, estrés post traumático, descompensaciones de trastornos de personalidad. Pero también, en casos como la enfermedad bipolar -y eso lo investigamos en Valparaíso con una muestra de 100 pacientes-, si la persona ha tenido una adversidad de vida temprana, su bipolaridad apareció más temprano, ha seguido un curso mucho más grave, con más complicaciones y es mucho más difícil de tratar. Incluso, responde peor al tratamiento habitual que es el litio. Quiere decir que esa adversidad no es un problema sólo a nivel psicológico, sino que afecta el ser completo, a todo su organismo. Eso es concordante con el hecho de que esas personas van a tener mucha más probabilidad de presentar un cuadro de diabetes e hipertensión, que son otros dos trastornos de la medicina general. Está todo vinculado y eso muestra que somos una entidad, que no podemos separar sicología de biología, o que la biología es mucho más de lo que hemos pensado”.

Dado que, agrega la adversidad de vida temprana se acumula más en ciertos nichos, se puede decir que es “ecológica”: “si la persona nace y crece en sectores vulnerables va a tener mayores probabilidades en la adultez –debido a la pobreza, hacinamiento, calidad de vivienda y falta de áreas verdes, entre muchas otras cosas- de tener distintas enfermedades. Ahí tiene que estar el tema del cambio social, porque tiene que haber una sociedad distinta, más amable, no tan desigual”.

Por eso, informa el doctor Jiménez, en el MIDAP “hay mucha gente trabajando en primera infancia y haciendo y validando intervenciones durante la gestación; porque nos damos cuenta de que es muy importante llegar antes, para prevenir el efecto de estas adversidades o traumas tempranos, viendo cómo estos determinantes sociales van produciendo que haya más niños con déficit atencional o más adultos con depresión. Y estamos estudiando cómo reunir toda la información que hemos generado para convertirla en propuestas para políticas públicas”.

Una universidad cuyo norte sea Chile y los intereses de su pueblo

Corrían los años ’60 cuando un joven estudiante de Medicina, delegado de curso en segundo año y, tiempo después, presidente del centro de alumnos, quedó impresionado por un cartel que figuraba en la Casa Central de nuestra corporación anunciando “una universidad cuyo norte sea Chile y los intereses de su pueblo”. “Esa frase se me quedó metida siempre”, recuerda.

Hoy, luego de una carrera que lo llevó a doctorarse en Ulm, Alemania; de fundar distintas organizaciones ligadas al quehacer investigativo y académico en nuestro país, como la Corporación Psicoterapéutica Salvador; de participar como miembro fundador del Primer Encuentro Científico del Capítulo Latinoamericano de la Society of Psychotherapy Research, del cual fue nombrado primer presidente; de fundar el programa de Doctorado en Psicoterapia, en colaboración con la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad de Heidelberg; de dirigir por 13 años el Departamento de Psiquiatría y Salud Mental Oriente de la Facultad de Medicina y el segundo período del Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad, MIDAP, además de participar en numerosas sociedades científicas, publicar artículos y libros –el más reciente es Etiopathogenic Theories and Models in Depression (Depression and Personality), de Editorial Springer, uno de tres publicados de una serie de diez que saldrán en convenio con MIDAP-, puede decir que la Universidad de Chile ha sido el trampolín que le permitió desarrollar su trabajo interdisciplinario y en red que lo ha llevado, a él y a un equipo de especialistas de diferentes instituciones, a formar a nuevas generaciones de académicos e investigadores abocados a mejorar la salud mental de los chilenos. “Pude pensar en grande, desarrollar la curiosidad. La universidad me permitió el intercambio interdisciplinario, siempre me sentí con espaldas perteneciendo acá. Esta historia no hubiera sido posible de otro modo”.

 

Entrevista realizada por Comunicaciones de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. 

2023-01-31T10:31:42-04:00
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